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Logotipo Jesús Romero - Cultura de Reconocimiento

Tus valores merecen más que un vale

Imagina que te toca reconocer diez años de trayectoria en la posada. Tienes enfrente a la primera persona a la que le diste una llave del negocio. En aquel entonces había una sola cortina que levantar. Hoy hay dos turnos, clientes que siguen preguntando por ella y gente a la que le enseñó el oficio. Tomas el micrófono. ¿De verdad vas a leerle el saldo de un monedero?

Yo le entregaría una moneda. De un lado grabaría aquella llave. Del otro, una frase que sólo ustedes dos podrían firmar. «Cuando abrimos por primera vez, tú ya estabas aquí». A lo mejor el resto del equipo ni siquiera sabía que la persona con la que hoy comparte el comedor abrió esa cortina el primer día. Ahora tiene algo que preguntarle.

Eso me interesa del reconocimiento simbólico. En una empresa hay decisiones, favores y actos de confianza que corren el riesgo de desaparecer cuando se va la gente que los recuerda. Una pieza bien pensada le da a esa historia una forma que alguien puede guardar, mostrar y contar. Con un vale puedes decidir cuánto quieres dar. Para elegir qué grabar tienes que pensar en quién lo va a recibir.

Lo que le estamos pidiendo al vale

Un vale sirve para comprar. Quien lo recibe decide en qué gastarlo y en diciembre esa libertad se agradece. Mi objeción empieza cuando una empresa le encarga al saldo la parte más personal del trabajo de un líder. Un depósito de la misma cantidad puede agradecer una década de confianza, una meta comercial o el simple hecho de que llegó diciembre. Si quien lo entrega no sabe explicar cuál de las tres cosas está celebrando, ¿cómo va a saberlo quien lo recibe?

El día que cumplir el propósito cuesta

Pensemos en un taller que promete a sus clientes entregar piezas de las que puedan sentirse orgullosos. Es viernes. El camión ya está en el andén cuando una operadora detecta que varias medallas llevan mal escrito un apellido. Se alcanzan a distinguir las letras. Hay quien propone mandarlas así para llegar a tiempo. Ella detiene el embarque. Sabe que alguien tendrá que hacer la llamada que nadie quiere hacer.

El propósito de la empresa acaba de salir del folleto y está parado junto al camión. Ahora le toca al director. Puede tomar el teléfono, respaldar a la operadora y explicarle al cliente lo que van a corregir. También puede reprocharle el retraso delante de sus compañeros. En ambos casos acaba de enseñarles qué hacer la próxima vez que descubran un error a las seis de la tarde.

Si en la posada entrega una insignia de calidad a esa operadora, el equipo se va a acordar del viernes. Si la respaldó, el gesto tiene credibilidad. Si la regañó, la pieza le va a recordar al taller una contradicción. Para que ese reconocimiento tenga sentido, el primer paso del líder quizá sea acercarse a ella mucho antes de la fiesta y decirle «Hiciste bien en detenerlo. Yo debí apoyarte en ese momento».

Lo que el líder también firma

Hablamos mucho de alinear el propósito de las personas con el de la empresa. Yo empezaría por el de quien dirige. Si digo que quiero formar gente con criterio, ¿qué hago cuando alguien usa el suyo y toma una decisión incómoda para mí? Entregar una insignia de calidad me compromete a sostener ese criterio el próximo viernes, con otro cliente en la línea. Quien recibe la pieza se lleva un recuerdo. Quien la entrega empeña su palabra.

Cómo una silla se convierte en una insignia

Ahora imagina a una compañera nueva en ese mismo taller. El primer día le da pena preguntar por tercera vez cómo se revisa un acabado. Alguien le acerca una silla, pone dos piezas bajo la lámpara y le dice «Míralas de ladito. ¿Ya viste la diferencia?». Pasan unos meses. Llega otra persona al área y es ella quien acerca la silla. Ahí tienes una historia de mentoría que ningún reporte de producción te va a mandar por correo.

Si me pidieran diseñar una insignia para esa historia, yo grabaría la silla. Puede que a alguien de fuera le parezca un símbolo rarísimo. Me encanta precisamente por eso. Dentro del taller tiene un significado propio. Y le daría la palabra a la compañera que aprendió el oficio. Escucharla decir «El día que yo pensé que no servía para esto, tú te sentaste conmigo» le da a la pieza algo que ningún acabado, por fino que sea, le puede dar.

En mi podcast RECONOCER elegí un medallón para agradecer a mis invitados. Podría mandarles el mismo objeto por mensajería. Para mí importa entregárselo al terminar la conversación, cuando puedo decirle a cada persona qué me llevo de lo que acabamos de hablar. El medallón tiene mi firma. Lo que vino a compartir el invitado le da su historia. Me gusta pensar las insignias de una empresa con ese mismo cuidado.

Lo que puede inspirar a quien está mirando

Un incentivo se puede anunciar antes de empezar el mes. «Si llegas a esta meta, recibes tanto». El acuerdo es claro y cada quien sabe qué persigue. La mentora del taller, en cambio, acercó la silla cuando nadie estaba ofreciendo nada. Si convierto cada hora de enseñanza en puntos canjeables, ya propuse otro trato. Si cuento lo que hizo y dejo hablar a quien aprendió, le doy al resto del equipo una razón para querer hacer lo mismo por alguien más. Eso es lo que quiero decir cuando hablo de inspirar.

Una colección con historias que valga la pena contar

Si mañana me encargaran los reconocimientos de una posada, mi primera reunión sería con la gente que trabaja en los turnos. A alguien de reciente ingreso le preguntaría quién le enseñó algo que hoy hace con confianza. A quien atiende clientes, quién lo ayudó a resolver un problema cuyo mérito acabó llevándose él. Son preguntas que pueden cambiar la lista de nombres que la dirección ya tenía en mente.

Con las historias sobre la mesa, elegiría cuáles cuentan mejor para qué existe esa empresa. Un negocio que se propone recuperar la confianza de sus clientes quizá quiera distinguir a quien se hizo cargo de una reclamación hasta resolverla. Uno que busca formar al siguiente relevo de especialistas encontrará su mejor historia en aquella silla. Copiar la lista de valores de otra empresa daría insignias muy parecidas para equipos que necesitan aprender cosas distintas.

Para una colección, pediría que las piezas se reconocieran como parte de una misma familia y que cada una tuviera un detalle que sólo esa gente entendiera. Guardaría junto a cada diseño la historia que le dio origen. Así, cuando alguien reciba la segunda insignia de mentoría, podrá contar qué hizo a su manera. La colección crece con las personas que se la ganan. Incluso quien acaba de entrar puede preguntar por la silla y conocer a la mujer que enseñó a medio taller.

Y cuidaría quién hace la entrega. Si la persona prefiere una conversación privada, la historia conserva su valor entre dos. Si le entusiasma subir al escenario, que suba también quien pueda hablar con conocimiento de causa. Antes de imprimir el discurso haría una prueba muy sencilla. Si puedo cambiarle el nombre y la dedicatoria le queda igual de bien a cualquier otra persona, todavía me falta escuchar.

Vuelvo a la llave. Dentro de diez años, alguien puede tomar esa moneda en la mano y preguntar qué puerta abría. Ojalá la persona que la recibió tenga ganas de sentarse a contarlo. Esa conversación es lo que yo quisiera regalarle a mi equipo esta Navidad.

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